Fundamento de la iglesia Pentecosts

Lucas conocía las técnicas literarias de los historiadores griegos. Pero conocía y empleaba, todavía con mayor profundidad, las claves narrativas del AT (en los LXX). Sabía, según eso, que todos los principios salvadores presuponen una nueva revelación de Dios, una teofanía: así ha pasado con Noé, Abrahán, Moisés y los profetas. De manera semejante, el surgimiento de la iglesia implica una más alta y decisiva teofanía, como indica el relato de pentecostés.

Recordemos algunos elementos anteriores (cf.

tema 20): los apóstoles escapan; las mujeres acompañan a Jesús hasta el calvario y son testigos de su entierro; quizá podamos añadir que, tras la muerte, conforme a una costumbre que hace ley, los parientes de Jesús guardan el luto y lloran por aquel a quien no habían aceptado en vida. A partir de aquí, los acontecimientos se precipitan. Las mujeres descubren el sepulcro abierto. Jesús mismo se muestra a los apóstoles, anunciándoles la llegada de su reino. ¿Qué harán entonces? Probablemente vuelven a Jerusalén y allí se juntan con los otros testigos anteriores:

Entraron en lafsala superior, donde estaban reunidos Pedro y Juan, Santiago y Andrés... Todos éstos perseveraban unidos en la oración, con las mujeres y María, la Madre de Jesús, y sus hermanos (Hch 1, 13-14).

La escena parece verosímil. Los diversos grupos se han juntado, formando así una comunidad escatológica. Los apóstoles, elegidos por Jesús, representan a la nueva humanidad, las doce tribus del Israel unificado (cf. Hch 1, 12-26). Las mujeres son testigos de la muerte de Jesús y de su tumba abierta; representan de una forma especial a los perdidos y pobres de la tierra que Jesús ha ido acogiendo y levantando en su camino. Finalmente, los hermanos y la madre representan la familia de Jesús, las tradiciones de Israel que ahora se abren por la pascua hacia la nueva realidad del reino.

Estos grupos se vinculan por la fuerza del recuerdo de Jesús, ahora activado y transformado por la pascua, formando así lo que llamamos iglesia escatológica. Perseveraban unidos (homothymadon), con un mismo deseo y esperanza: la historia de Jesús les ha integrado y ahora aprenden a vivir en comunión, superando las antiguas divisiones que se habían producido entre discípulos de Cristo y su familia sobre el mundo (cf. Me 3,20-21.31-35). Todos se presentan ahora como «hermanos» (cf. Hch 1, 15-16). Perseveraban en gesto de oración bien definida por la novedad pascual y la esperanza escatológica: saben que Jesús es mesías y lo han visto ya resucitado; por eso aguardan su retorno ansiosamente, en oración intensa de recuerdo y de llamada; por eso se han juntado y permanecen unidos «en lo mismo» (Hch 2, 1).

Precisemos este dato. En su forma actual (Le 24, 49; Hch 1, 6-8), el texto dice que Jesús resucitado había prometido a sus discípulos la fuerza del Espíritu para predicar el evangelio a todo el mundo. Por eso aguardan reunidos en un tipo de retiro espiritual, para extenderse luego hacia los cuatro extremos de la tierra. Pues bien, esa versión ha interpretado los hechos desde aquello que luego ha sucedido. Pero otros elementos de Lucas (del resto del NT) nos permiten afirmar que los discípulos no estaban aguardando la venida del Espíritu de Dios para marchar después como misioneros por el mundo: esperaban a Jesús glorificado, estaban ansiosos por el reino (cf. Le 24, 21; Hch 1, 6). En otras palabras, en principio, la presencia de Jesús resucitado no conduce a la misión universal y al surgimiento de la iglesia: se interpreta como fin del mundo.

La pascua de Jesús sería un anticipo de su paru-sia: ya ha mostrado su victoria y su poder a los creyentes reunidos; por eso debe presentarse pronto como vencedor universal, mesías prometido de Israel y de los pueblos. Lógicamente, sus discípulos se juntan en plegaria porque aguardan su llegada triunfadora, el fin del mundo. En esta perspectiva ha de entenderse la venida del Espíritu.

Se acercaba la fiesta de pentecostés y los creyentes de Israel volvían a Jerusalén, mientras los discípulos del Cristo asesinado seguían unidos en plegaria. Los judíos celebraban el nacimiento antiguo de su pueblo, ante Dios, en la montaña del Sinaí. Habían conseguido ya su libertad, por el éxodo de Egipto (pascua), pero sólo ante el Dios de la alianza, en la gloriosa teofanía del fuego y de las tablas de la ley se habían vinculado para siempre como pueblo (cf. tema 10). Esto es lo que ahora celebraban los judíos en la fiesta de pentecostés o las «semanas» (cincuenta días, siete semanas tras la pascua). Mientras tanto, los discípulos del Cristo también se preparaban. Por eso dice el texto que se hallaban «sentados», como en oración de alabanza, expectación litúrgica, en manos de Dios, abiertos a su Cristo. Entonces:

Vino desde el cielo como el eco (voz) de un viento fuerte y llenó toda la casa donde estaban asentados y vieron aparecer unas lenguas como de fuego que se repartían posándose sobre cada uno de ellos. Y se llenaron todos del Espíritu Santo y comenzaron a ha blar en diferentes lenguas, como el Espíritu les concedía expresarse (Hch 2, 2-4).

Reunidos en Jerusalén, los discípulos del Cristo vivieron una fuerte experiencia carismática. Es evidente que ellos vincularon su vivencia nueva con la fiesta israelita, como ha señalado el texto. De esa forma interpretaron los antiguos signos, ahora repetidos: viento impetuoso, terremoto que mueve la casa, fuego de Dios... Pero aquellos signos y su realidad antigua quedan superados por la nueva experiencia: el fuego se convierte en lengua, palabra abierta a todos los pueblos de la tierra, invirtiendo así el camino de la dispersión de lenguas de Babel (cf. Gn 11, 1-9). Pentecostés culmina la historia de Israel que pervivió por siglos como pueblo separado, con su ley particular, su alianza propia. Empieza ya la nueva historia, la apertura universal del evangelio que se extiende a todos los pueblos de la tierra (Hch 2).

Pentecostés se ha presentado así como principio de la iglesia, como indica Hch 2-5. La pascua se podría haber interpretado de diversas formas, especialmente como espera de la parusía..Para que surgiera la iglesia, resultaba necesaria una experiencia nueva: sentado a la derecha del Padre, Jesús ha ofrecido a sus creyentes «el Espíritu prometido» (cf. Hch 2, 32), para que anuncien su perdón a todos los pueblos de la tierra.

Según esto, la iglesia surge en virtud de la más alta teofanía. Dios se había desvelado ya en Jesús, Señor y Cristo (cf. Hch 2, 37). Pues bien, ahora aparece de manera decisiva por su Espíritu, que es el cumplimiento de la profecía y las promesas (cf. Le 24, 49; Hch 2, 33) del AT. De esta forma se vinculan revelación definitiva de Dios por el Espíritu y surgimiento de la iglesia. Esto es lo que señala Lucas de manera narrativa; esto es lo que han cantado Col y Ef, en himno de grandeza, como base de la iglesia.

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